Por Catalina Vilches Elgueta
La historia de Gloria Hernández (46) inicia con la mar. Ella señala: “el mar lo es todo para nosotros, es la base de la familia”[1]. Su historia comienza con sus ancestras, cuando aprende a observar la orilla, el roquerío, las especies que habitan el Lafkenmapu, cuando reconoce en sus aguas los tiempos de la vida.
Antes de lo digital, las normativas y los registros, ya estaban las manos que recolectaban, los cuerpos que conocían las mareas, los ciclos de la mar, las fases lunares y las voces que sabían cuándo salir y cuándo esperar. Allí, en ese borde, las mujeres recolectoras de Mehuín crean y reproducen vida.
Se nombran a sí mismas como “orilladoras”, la historia las nombra como trabajadoras, el Estado las ha inscrito en conceptos como “beneficiarias”, “emprendedoras”, que intentan contener una experiencia que desborda toda categoría. Porque una mujer trabajadora, una mujer “orilladora”, cuando recolecta, en su oficio recoge también su propia memoria. Reconoce la playa, los cambios del agua, lugares donde antes había abundancia y aquellos donde la mar comenzó a cambiar. Aprende a leer su territorio y a crearlo, porque además son productoras de conocimientos.
Entre 1996 y el presente, Mehuín cambió. Cambiaron las formas de trabajo, la institucionalidad del Estado y también las maneras de defender el territorio. Llegaron nuevas regulaciones e irrumpieron en las formas de vida que venían sosteniendo las mujeres recolectoras de orillas y sus familias.
La mar comenzó a ser objeto de nuevas formas de explotación, delimitada por áreas de manejo y administrada mediante el Registro de Pesca Artesanal y mecanismos de control a través de plataformas digitales que permiten llevar la trazabilidad del “recurso” recolectado. Pero esas transformaciones ocurrieron sobre un territorio habitado previamente por memorias, prácticas y saberes construidos durante generaciones, que también se han constituido como formas de resistencia.
La voz de Gloria permitió abrir un cauce, y con ella se presentaron otras mujeres, otros rostros. Mujeres que recolectan, pescan, bucean, procesan, comercializan sus productos, cultivan sus huertos, crían animales, cuidan y defienden el territorio en constante vigilancia. Se abre así la posibilidad de comprenderlas como mujeres trabajadoras integrales del borde costero, que portan una diversidad de saberes y trabajos que sostienen la vida. Como señala la historiadora Luisa Passerini: «Sólo cuando las mujeres puedan utilizar su propia historia -documentada, analizada, comprendida y publicada- como arma en la lucha por ellas mismas, y para todas las mujeres, se convertirán en sujetos de su propia historia[2]«. En este sentido, recuperar las voces de las mujeres recolectoras de Mehuín constituye una forma de disputar los lugares desde los cuales sus historias han sido narradas.
Trabajar en el borde costero no supone abandonar la orilla. Continúa en la casa, la cocina, en los procesos de lavado, cocción, empaquetado del luche, cochayuyo, ulte y mariscos, continúa incluso en los procesos de comercialización, luego en los cuidados y las redes comunitarias. Allí, la frontera entre producción y reproducción se difumina, revelando una historia que pocas veces ha sido reconocida.

La defensa del territorio tampoco surgió de manera aislada. Frente a proyectos extractivos y nuevas formas de apropiación del borde costero, defender las aguas significó defender una manera de vivir. Por eso, los Espacio Costero Marino de Pueblos Originarios (ECMPO) de Mississippi en el año 2023 y Mehuín en el año 2024 no representan el inicio de esa relación con la mar, sino otro capítulo de una historia mucho más antigua de usos, cuidados, memorias y pertenencias, mediante los cuales el Estado busca en alguna medida resarcir la relación que ha tenido sobre todo con comunidades mapuche-lafkenche de esta zona.
Por eso la historia oral adquiere otro sentido, se trata de escuchar aquello que los archivos dejan fuera, los silencios, los afectos que navegan en la porosidad del borde costero y aquello que una mujer recuerda porque lo ha vivido en el cuerpo. Como señala la geógrafa feminista decolonial, Sofía Zaragocín: “Colocar el cuerpo-territorio en el centro de estos análisis genera la posibilidad de comprender las múltiples formas en que el espacio y el cuerpo co-construyen el territorio”[3]. La voz de Gloria, entonces, es el punto que permite volver la mirada hacia otras mujeres, que como la mar, nunca permanecen quietas, avanzan, retroceden, golpean, se repliegan y vuelven, como el oleaje mismo.
Así también funciona la memoria. Vuelve. Y cuando lo hace, trae consigo las voces de las mujeres que durante generaciones sostuvieron la vida en estas costas desde el sur austral.
Esta historia no termina, deja, eso sí, algunas interrogantes, tales como: ¿Qué tensiones existen entre las formas institucionales de comprender la mar y las formas comunitarias de habitarla? ¿Qué nuevos obstáculos genera la transformación digital del Estado y la burocratización para las mujeres de territorios costeros? ¿Qué saberes permanecen, cuáles se transforman y cuáles corren el riesgo de desaparecer?
[1] Entrevistas realizadas a Gloria Hernández, Recolectora de orilla de Mehuín, comuna de Mariquina, región de Los Ríos, entre diciembre del año 2025 y junio del año 2026.
[2] Luisa Passerini, “Una memoria para la Historia de las Mujeres: Problemas de método e interpretación,” trad. Constanza Verón, Aletheia 7, n.º 13 (2016), 6.
[3] Sofia Zaragocín, “Agua-cuerpo-territorio: Situando los debates sobre cuerpo-territorio en el espacio acuático,” en Cuerpos-territorios. Diálogos Sur-Sur sobre conflictos socioespaciales, ed. Alicia Pérez García (Sevilla: TerritoriAs, 2024), 40.
Bibliografía
Passerini, Luisa. “Una memoria para la Historia de las Mujeres: Problemas de método e interpretación.” Traducción de Constanza Verón. Aletheia 7, n.º 13 (2016).
Zaragocín, Sofia. “Agua-cuerpo-territorio: Situando los debates sobre cuerpo-territorio en el espacio acuático.” En Cuerpos-territorios. Diálogos Sur-Sur sobre conflictos socioespaciales, editado por Alicia Pérez García, 38–41. Sevilla: TerritoriAs, 2024.










