Corral, en el Futahuillimapu[1]
[1] Corral: comuna de la actual XIV Región de Los Ríos, vinculada históricamente a Valdivia como su puerto.- Futahuillimapu: la Gran Tierra del Sur, territorio mapuche en el que se refundó Valdivia a mediados del siglo XVII, y cuyos límites son por el norte el río Toltén, y por el Sur el seno de Reloncaví. Abarca las actuales regiones de Los Ríos y Los Lagos.
Por Juan Carlos Navarrete.

Recogida de la Enera[1]
Acontece mediados de enero. Y he llegado después de un año como el peregrino, como quien ha visto su estrella en la arbolera, porque hemos esperado probar la pulpa verdadera, la extrañeza cristalizada de esta tierra: ¡En el manzanal se derrama la «enera» primeriza, la fruta tempranera!
Dejo entonces los trabajos de la huerta, y hago el sendero llamado por la manzana emborrachada, cuya fragancia es acentuada por alguna llovizna furtiva, la bruma, o el rocío, y levantada por el intenso sol del mediodía, como un largo bostezo hacia la anochecida.
Cuento que este árbol carga sus ramas como racimos de uva, que se agachan de pesadas hasta el suelo. Antes han caído algunas verdes o inmaduras, al estorbarse entre sí por su increíble abundancia; pero luego, en lo que resta del mes primero, ya solo cae a carretadas la enera madurada, que se amontona alfombrando las quintas.
Rondo entonces el dominio de su enramada, en los bordes donde ya se fermentan cobrizas las asoleadas, rondo el fascinante dominio de su aroma. Y calmo avanzo en tanta luz derramada, porque en muchas partes no hay donde poner una pisada, y a tientas me interno en el sombrerío embriagado de su copa. Deambula mi vista en tamaña generosidad cristalizada: la mayoría son medianas, algunas grandes, esféricas globosas; son amarillas cremosas, y algunas más menos de rojizos pintarrajeadas, amarillas pálidas recién precipitadas, e intensas cuasi doradas las sobremaduradas. Es sabido que no es manzana de guarda, por eso nadie se sube a buscarla escogida; y tampoco es chichera, por lo cual no se le varea. Así las cosas, su mejor fruta es la recogida.
Hago camino también hacia el tronco magnífico, y palpo su musgo, los líquenes, busco sobre mi cabeza alguna calahuala[2]. Pienso en mi abuelo que los plantó, en mis bisabuelos, abandonados en el hueserío. Y esta enera es un misterioso suspiro del verano, que meditarán los peregrinos del tiempo.
Saliendo de su enramada me inclino, reuno para mi noche en una prenda improvisada. Tomo una algo pasada, mastico su firmeza disminuida, ligeramente crocante, trituro su blancura un tanto amarillada. Y se me ofrenda su dulzor en medianía, escasamente ácido, tan extrañamente amembrillado.
Un hálito de Chicha[3]
San Carlos[4], Corral, costa del Futahuillimapu. Desde mediados del primer mes cae la manzana «enera» a carretadas en las quintas, y a mediados de febrero ya está totalmente emborrachada, camino a desaparecerse. Su tiempo es brevísimo, su abundancia parece luego ensoñación.
Sucede que la enera se sobremadura aceleradamente, y adquiere una consistencia mas bien harinosa, “pasada”. Si están en la semisombra de la enramada pueden ser apetecibles por una semana o más, antes de comenzar a fermentar con las calores; mientras que expuestas en la periferia del árbol se asolean y fermentan más rápido. Así sus luminiscencias amarillas características se tornan cafés y cobrizas, apagándose su oro.
Y desde el mediodía la fragancia rebosa el manzanal, levantada a rafagas por la intensidad solar, y aventada a lengüetazos sobre el rostro de los vivos, aturdidos de tanta luz. Es un fantástico arrebato veraniego, extendido hacia la noche por la densidad de su letargo, un bostezo lento y embriagado que se queda como divagando.
Entonces la dorada estación se celebra a sí misma, liberando su perfume agudo de mundaneidad, que bendice en rareza este paraje. La quinta recoge su dulzura, rebosada de sí misma, y el verano abraza la manzana como ofrenda. La abriga en sus dominios, la digiere y medita, para destilarnos la extrañeza de esta tierra, susurrada como un misterio: aquí la chicha está ofrecida, la bebida, la gracia regalada.
Junto con ello el manzano de enero extiende una primera sabana de hojas, en la cual zozobra su fruta cobriza, confundiéndose con ella hasta la disgregación. Y en la sintonía de ese lecho ya se anuncia el otoño, que parece parpadear cuando rondamos, porque un hálito de chicha ha surgido del verano para despertarlo.
Y digo que la quinta es un descanso. Entramos allí a una estancia de aroma encendido, reavivado el hálito de chicha que atesoraron los antiguos; ¡qué mejor estuvieran sus huesos en esta vida que tanto quisieron!, soñando la sonora hojarasca de la tierra, los follajes, la fruta en los racimos, los pájaros y el cielo. A ver si de tanto rondar la tierra, si de tanto crepitar la brasa, a ver si de tanto crujir la hoja… aparecen.

[1] Publicada como carta en El Diario Austral de los Ríos, 19 de febrero de 2025.
[2] O Hierba del Lagarto (Polypodium feuillei Bertero), es un helecho epífito muy común en los manzanos viejos.
[3] Publicada como carta en El Diario Austral de los Ríos, 2 de marzo de 2025.
[4] Pueblo natal del autor, sector costero de la comuna de Corral.








