Por Joaquín Reyes Romero

“Y porque a las personas que han visto y leído poco desto se les podría hacer difícil de creer siendo testigo el reino entero, les quiero avisar de otros muchos prodigios de mayor admiración que se han visto en el mundo, los cuales hallarán escritos en historias auténticas escritas en romance, latín y otras muchas lenguas diferentes”

(Mariño De Lovera, 1865 p.337)

Las historias de terremotos en Chile son algo común para el imaginario de esta nación telúrica. Esto incluso más para Valdivia, la ciudad epicentro del conocido terremoto más grande de la historia en 1960. Pero ¿Que pensarían si les dijera que hace 450 años hubo un episodio muy similar en estas tierras?

Nos remontamos a la primera ocupación hispana del territorio de la actual ciudad de Valdivia, fundada por los conquistadores en 1552. En los escritos del capitán Pedro Mariño de Lovera, nos señala que un 16 de diciembre de 1575, una hora y media antes del anochecer, ante la luna llena, “comenzó a temblar la tierra con gran rumor y estruendo yendo siempre el terremoto en crecimiento sin cesar de hacer daño derribando tejados, techumbres y paredes, con tanto espanto de la jente que estaban atónitas y fuera de sí de ver un caso tan extraordinario”.

El capitán Pedro Mariño de Lovera llegó a Chile en 1551 y se puso bajo las órdenes del conquistador Pedro de Valdivia. Escribió su crónica hacia el 1590.

“Parecía ser el fin del mundo” escribía el capitán, la gente escapando de sus casas que caían al suelo, con su pelo erizado y rostros amarillos del terror, aguantando cerca de un cuarto de hora tal magnitud. La catástrofe logró incluso que el río se dividiera en dos, habiendo una sección corriendo hacia el mar y la otra río arriba, quedando parte del fondo descubierto.

Las casas arruinadas, ya no eran un refugio seguro, por lo que el pueblo debió quedarse a vivir en los campos a la intemperie, padeciendo el clima, lluvias y el temido “sereno”, ese frío y humedad que viene con las noches. Pero lo que es peor, los temblores se siguieron repitiendo por cerca de cuarenta días, cada media hora, incluso llegando a abrir la tierra.


El temor no era sólo humano, el capitán nos cuenta como los caballos huían desbocados de sus caballerizas, galopando por calles y plazas, así como los perros más allegados a las personas, se guarecían entre las piernas de sus amos. El resto de los animales ante el temor se revolcaban en la tierra y el aire se llenaba también de “ahullidos, relinchos, graznidos, cacareos y bufidos”, imitando el mismo tronar de la tierra.


Y como era de esperar, en la zona costera el mar se adentró por tierra con suma braveza, ingresando cerca de tres leguas y dejando a su paso un reguero de peces muertos de especies extrañas jamás vistas por los locales.


Pero lejos, el paralelismo más curioso de este evento con el de 1960, es la catástrofe que recién estaría gestándose con el terremoto. Mariño de Lovera nos cuenta que un cerro a catorce leguas de Valdivia se desmoronó, atravesando la desembocadura del lago Riñihue, acumulándose por cerca de cuatro meses el agua con la que otros cinco ríos le alimentaban.


Una noche a fines del mes de abril de 1576, el agua retenida por el derrumbe reventó con furia, arrasando el caudaloso río con todo lo que encontró a su paso, “sacaba de cuajo los árboles por más arraigados que estuviesen” e incluso “las mesmas casas eran sacadas de su sitio, y llevadas con la fuerza del agua, con todo eso por ir muchas de ellas enteras como navíos iban navegando como si lo fueran”.


Suponiendo lo que iba ocurrir, la crónica nos señala que el capitán tomó el resguardo muchos días antes, ordenando que las personas habitantes de la zona más baja de la ciudad, cercanos al convento de San Francisco, evacuaran el lugar hacia la zona más alta del pueblo. Llegado el día de la catástrofe, el río llegó con gran fuerza, “el agua iba siempre creciendo de suerte que iba llegando cerca de la altura de la loma, donde está el pueblo; y por estar todo cercado de agua no era posible salir para guarecerse en los cerros”. Ante la angustia de verse atrapados por el agua torrentosa que subía y subía, sólo pudieron rezar. Por suerte, llegado el mediodía el agua dejó de subir, pero se mantuvo corriendo continuamente por cerca de tres días, al cabo de los cuales comenzó a bajar. La destrucción fue tal, que el capitán nos cuenta que hubo “más de mil doscientos indios” muertos, así como la destrucción de casas, cultivos y gran pérdida de ganado.


A pesar de tamaña catástrofe, la ciudad se recuperó y prosperó para los colonizadores hispanos. Eso, al menos hasta su pronta caída a manos de la rebelión indígena algunas décadas después, pero eso es cosa para otro relato. De momento, con esta historia podemos recordar que hay sucesos que por más antiguos que sean, tienden a repetirse, más aún si vienen desde lo profundo de la tierra que habitamos.

Bibliografía
Mariño de Lovera, Pedro. Crónica del Reino de Chile, escrita por el capitán Don Pedro Mariño de Lovera. Santiago: Imprenta del Ferrocarril, 1865.

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